Primer Mensaje
Febrero 4, 2008 en 9:15 pm (General)
Tags: Addy, Anthony, mensaje, primer, recuerdos, sombra
Anthony separó la pluma de la carta, tras rasgar las última palabras de esta. La tinta húmeda brillaba bajo los rayos de aquel sol matutino e invernal, que se filtraban entre nubes de tonos grisáceos que se movían con parsimonia por el cielo, a merced del viento.
Emitió un pesado suspiro y abandonó su pluma sobre la mesa, a la par que se situaba en pie, retirando la silla con un desagradable chirrido al arrastrarla sin alzarla un ápice. Caminó de forma distraída hacia la ventana, apoyando sus largas y delgadas manos sobre los cristales, fríos como témpanos. Dejó caer lentamente la cabeza, apoyando la frente oculta tras los cabellos de color negro y suave tacto sobre un vidrio superior y cerró los ojos.
Había vuelto a soñar con aquel asesino. Aquel hombre que se escondía bajo una máscara y múltiples capas de ropa elegante. Desde la noche en el teatro, en el que este regresó desde el mundo de los muertos para declamar versos de regreso no había podido dormir de forma tranquila.
Era imposible que “La Sombra” hubiese regresado. Un par de años atrás las autoridades habían apresado a Lord Dereck de Highrock, pues fueron demasiados indicios los que llevaron hasta la figura del noble la culpa de todos los asesinatos cometidos por el famoso homicida.
Desde entonces la ciudad había dejado de ser un lugar gris, bañado por la tragedia. Aún así habían tardado mucho en dar con el verdadero asesino, pues este no seguía un patrón determinado. Mataba desde jóvenes damas hasta viejos hombretones. Disfrutaba haciendo sufrir a sus víctimas, pues a muchas se les encontraba desfiguradas, mancilladas de forma grotesca. Otras veces también era veloz y acababa sus con sus sacrificios sin ocasionarle más daño que un acertado corte sobre sus gargantas.
Sin duda, ese hombre de apariencia tranquila ante la sociedad era un sádico perturbado. Ninguna persona en su sano juicio habrá llevado a cabo aquellas macabras escenas.
Anthony se estremeció, recordando todas esas cosas. Él había sido espectador del último asesinato que aquel demente había cometido. Pero no le había matado, le había susurrado al oído con voz distorsionada que le reservaba para su próxima visita, la cual nunca llegó.
Sin embargo ese demonio no había muerto, pero eso sería una quimera. Él mismo vio como habían quemado al hombre tras fusilarlo. ¿O realmente sería un ser del infierno y había vuelto para recoger la vida de la víctima que se le escapó?
El sonido de los nudillos golpeando la puerta lo sacó de sus oscuros pensamientos, sobresaltándole. Se separó de la ventana a la par que giraba sobre si, dirigiendo sus pasos hacia la entrada de su habitación, abriendo la puerta.
Tras ella, Addy esperaba con una pila de camisas y pantalones entre sus manos. Era una muchacha joven, de cara algo pecosa y unos grandes ojos verdes que destacaban sobre un pálido rostro enmarcado por cabellos rizados de un vivo tono rojo oscuro. Había comenzado a trabajar en la casa de los Green un par de meses atrás, y aunque al principio parecía olvidadiza y atolondrada pronto se espabiló e hizo sus tareas de forma correcta y rápida.
- ¡Oh! Addy, pasa. – El muchacho se hizo a un lado para que ella pudiese pasar.
- Espero no molestarle señorito. – Anduvo hacia el armario empotrado que había en una de los rincones de la estancia y lo abrió, depositando la ropa doblada y limpia en su sitio.
- No, tranquila. – Anthony se quedó mirándola en silencio. Nunca sabía de que hablar con ella, no había más trato que el de vasallaje, como se habría dicho en la edad media. Él le daba casa y alimento, o más bien su padre, y ella servía a la familia.
- Bueno, ya me marcho. ¿Tiene algo sucio? – La joven entrelazó sus manos delante del mandil y miró fijamente a Anthony.
- Ehm… no, no tengo nada. Puedes retirarte Addy.
La vio marchar en silencio, oyéndose un “Señorito” y tras esto el chasquido del pestillo de la puerta.
Se dejó caer sobre la cama cuando un grito vino del piso de abajo. Se puso en pie de un salto y bajó las escaleras con rapidez, saltando de tres en tres, chocando contra la pared al doblar la dirección.
Cuando llegó a la cocina ya el servicio estaba allí, incluso su madre, pálida como un muerto. Bertha, la cocinera, abrazaba a Addy que temblaba como una hoja al viento. Sin duda era ella quien había gritado.
Se preguntó que había podido aterrarla así, pero solo le bastó pasear su mirada para saber la respuesta.
En una de las paredes de la cocina había un gato ensartado, pero no un gato cualquiera, si no el de la Señora de la casa, Fluff. Con la sangre del felino se había escrito un mensaje en la blanca pared, que hizo que las piernas de Anthony temblasen, necesitando el apoyo de una silla para mantenerse.
Aquel condenado no se había olvidado de él. La Sombra iba a sesgar su vida, no cabía duda alguna.
“Y ven a mí, amada muerte
porque sabes que ansío verte.
Empapa mi cuerpo de sangre
y deja que mi corazón se desate.”